Felicidad

“La felicidad no es algo confeccionado. Viene de tus propias acciones” Dalai Lama

Felicidad es germinar desde aquello que nos fue dado como semilla, es fertilidad (del vocablo felicitas) que nos recuerda que para obtenerla hay que disponer de un terreno propicio desde el que podamos atrevernos con intensidad a desafiar nuestros talentos con capacidad y compromiso y generar una profunda sensación de satisfacción y complacencia que nos impulse en la búsqueda de nuevos desafíos.

Es necesario construirla desde las cosas pequeñas y por tanto depende del empeño que sea depositado para atraerla. Solo el verdadero viaje interior nos permite explorar más allá de las habilidades para hacernos conscientes del ingenio y los talentos que nos conduzcan a comprender que nadie decide por nosotros en este propósito, porque esa sería apenas una definición de esclavitud. No depende de qué tengamos, porque esto sería solo un índice de miseria. Tampoco de efímeras ilusiones que solo representarían momentos placenteros pero fugaces. La felicidad se deriva de aumentar el valor, de apreciar, de exaltar aquello que ya está en nosotros y no de condicionarla por su obtención. Va más allá del bienestar y las comodidades, de la holgura y las riquezas.

Probablemente sea el fin más preciado como humanidad y por ello suelen ser más felices quienes más experimentan el estado de gratitud o quienes mejor cultivan sus relaciones desde la responsable autonomía. O tal vez aquellos que fluyen con sus emociones sin reprimirlas, pero sí modulándolas. O los que renuncian a las falsas expectativas para vivir enérgicamente cada momento y colmar la vida de experiencias nuevas, pero de calidad y sin el ruido externo de los anhelos.

La felicidad es un aprendizaje desde la acción y no desde la resistencia. Es conmovernos por el otro y con el otro. Es alimentar un sueño cada día. Es llenarnos de motivos y no de excusas. Es ser conscientes del instante de cada instante. Esforzarnos, más que compararnos. Es dar, más que demandar. Es cambiar nosotros, más que a nuestras circunstancias. Es doblegar la ansiedad desde la bienaventuranza. Es regocijarse en la quietud y el silencio para recuperar el canto que emana en la mirada brillante o en la actitud de asombro. Es pasar del falso placer y la euforia, a la plenitud y el apogeo que solo surgen en aquel que menos necesita. Es sentirse liviano después de haber aprendido la lección del desapego.

En síntesis, la felicidad es el estado natural de SER.

Alejandro Posada Beuth

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